miércoles, 23 de marzo de 2016

Postal Nro4: Glad Mendía (Douala, CM)




El miércoles muy temprano, a las 6 de la mañana salimos en auto hacia el liceo Genie Millitier, a unos 45 min de Douala, la capital de Camerún. El viaje es una presencia a velocidades variables, todas las carreteras son iguales. Las señales son un estado mental. Marcel escucha música clásica, mientras afuera el caos es ley. Generalmente los conductores no prestan atención a los semáforos y hay gran cantidad de motorizados en la vía. Es una danza mortal de máquinas ruidosas bajo el sol que ya a esa hora nos quema la piel. Voy vestida con ropa tradicional de Camerún. Cientos de alumnos llegan en moto taxi o a pie, caminando hasta una hora para llegar a tiempo a sus clases. En las carátulas de algunos de sus cuadernos está el rostro de Obama, para aquella época recién electo; la muestran con orgullo, como una victoria de su continente. Todos usan camisa azul y cabello muy bien trenzado las chicas y bien cortito, los chicos. Es sorprendente ver en las filas varios albinos. Marcel cuenta que hace muchos años atrás, cuando nacía un albino, lo mataban, pues pensaban que era algo demoníaco. A las 7 en punto se colocan ordenadamente y cantan el himno de su país. Izan la bandera. Luego cada curso se dirige a sus aulas. Marcel y yo vamos con el curso de español, son chicos que están en su último año de liceo, entre 17 y 20 años. El profesor comenta que la lectura asignada a ese curso es el Siglo de Oro Español, me sorprendo, pienso que ya es difícil para un hispanohablante entender el castellano antiguo, imagínense ellos que son francófonos de África Media. Le digo que mejor sería leer, por lo menos, a la vanguardia latinoamericana, algo más cercano en el tiempo para ellos, para que se sintieran más motivados a aprender, él dice que es lo que el Ministerio de Educación manda, le digo que deberían escribir cartas pidiendo un cambio al ministerio, ríe de mi ocurrencia. Insisto. Vuelve a reír. 

Entramos a la sala, es como todas las demás, las paredes son hechas con tablones de madera clavados de tal forma que dejan espacios entre uno y otro, visual que aprovechan chicos y chicas que se han fugado de sus clases para ver a la mestiza de visita. Es complicado concentrarse, se escuchan todas las demás clases del liceo, es un bullicio. Intento usar la voz fuerte, también modular despacio en español para que ellos puedan seguir la lectura. Los alumnos llevan estudiando el libro por varios meses junto al profesor y acompañados por la traducción al francés que hizo Marcel de mi poemario El alcohol de los estados intermedios (El perro y la rana, 2009). Así que hacen preguntas, respondo, leemos juntos. Hay chispas en el aire, de pronto hay un entendimiento más allá de las palabras, es la magia de la poesía, lengua original común a todos. Envueltos en esta atmósfera, hacemos juntos un ejercicio de escritura breve. Cada uno lee su texto, unos tristes, otros divertidos; los grabo con la cámara, les digo que subiré sus videos a mi revista literaria en internet, ellos festejan la idea.

Al final, tomo fotos, voy por grupos captando imágenes. Todos llenos de emoción, electricidad en nuestras miradas, un reconocimiento, un reencuentro. No dan ganas de irse, su receptividad es tal que siento esa aula de clases mi hogar. Luego el profesor nos comenta que no salieron a su recreo por quedarse con nosotros, eso me conmueve. Así que hemos estado dos horas y un poco más. Me conmueve también la entrega del profesor de español, lo felicito, le digo que lo admiro y que me encantaría volver y ayudarlo a transmitir ese amor por la lengua española. 

Nos despedimos con abrazos largos y cálidos, tristes, como si un mismo cuerpo se dispersara, cada miembro a un lugar distinto. Un vacío extraño que viaja por la sangre no me abandona. Sé que volveré.


viernes, 4 de marzo de 2016

Postal Nro3: Daniela Gaitán (Bogotá, CO)



Es imposible recorrer estás calles en un solo día.

Subir a Monserrate a intentar conseguir una imagen de toda la ciudad es una tarea absurda. La captura es siempre, más o menos, lo mismo: elevados cuerpos de concreto bajo grises nubes que no invitan a más que a regresar a casa y de los cuales sobresale un edificio que ostenta ser el más alto de Bogotá.

Un día común y corriente, Monserrate permanece quieto, es hasta los fines de semana, el domingo exactamente, cuando muchos se empacan las plegarias y de la trece para arriba, ascienden para ver al señor caído, tras haber subido los escalones de piedra que constituyen el mayor reto de la caminata, ya que tiene 3.152 metros de altura. Quién lo diría, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, se puede estar aún más cerca al cielo. Y yo estoy en la estación Universidades, en pleno centro de Bogotá, donde estudiantes y asalariados se aglomeran en las puertas de la estación, con tal de poder irse en el siguiente trasmilenio, claro que, si uno se descuida, la amabilidad ciudadana le ayuda a subir más rápido. Para algunos termina otra jornada laboral, para otros apenas comienza, pero el frío no es tan frío como parece, ya no nos congela los pasos como antes. 

En Bogotá, el clima de hace unos treinta o veinte años atrás ha cambiado tanto como su gente. Así como muchos guardan sus plegarias para los domingos de Señor caído, cientos y cientos de personas, de todas partes del país se guardaron las esperanzas y vinieron aquí en busca de trabajo o estudio. O lo que sea, por cualquier razón ahora viven en ‘’la nevera’’. Algunos propios se quejan de la invasión y el intercambio cultural, casi obligado que hemos tenido, otros simpatizan con este enriquecimiento ilícito de jergas y razas. Lo cierto es que Bogotá, ya no es de los bogotanos, sino de todo el que no quiera estar donde está y tenga alguna petición que hacerle al caído. Por suerte, el trasmilenio que me sirve viene desocupado y con puestos. Como diría Don Merchán, camino a la treinta en ‘’el caracol errante’’ que tiene tres vagones y que diariamente recorre la ciudad de norte a sur. A pocos minutos se levanta un hombre que dice llamarse Edwin con una bebé en brazos llamada Mayra y nos cuenta, que su mujer y su otro pequeño hijo de siete años están en casa esperándolos, por ese motivo ha decidido vendernos unas manillas que fabrica con los suyos, a fin de ganar el sustento para todos. Edwin dice que puedo llevar una en mil, dos en mil quinientos, tres en dos mil, (recuerdo que el primer librito de poemas que hice se llamaba dos mil hasta que lo perdí) recuerdo que sólo tengo setecientos pesos en el bolsillo, pero todo bien, porque el hombre nos indica que podemos colaborar con lo que nos sea posible. 

Luego de haber hecho su venta, Edwin se va al vagón de atrás, y otro señor toma la palabra en su lugar, nos ofrece amablemente consumir sus productos a un costo muy cómodo. Me quedo en la estación Ricaurte, diviso que el trasmilenio que puede llevarme a Centro Mayor está a punto de irse, de manera que ingreso apurada. Agarro el único puesto vacío del último vagón en la hilera de la derecha, a la ventana. Las avenidas se ven paramosas. No es extraño, el calor del fenómeno del niño le cede su puesto a los días de frío y de lluvia. Las exhalaciones y los humores dentro del bus empañan los vidrios. Ricaurte es un hervidero, un laberinto como casi todos los barrios. Bogotá es generalmente caos, y el caos halla gracia y hasta estética cuando se vuelve costumbre. 

A veces olvido que ir de un lado a otro puede demorar hasta dos horas, dependiendo de los trasbordos que haya que hacer. Y del tráfico.

«Buenas tardes mi gente, les traemos un poco de rap conciencia» dice uno. El otro Mc lo interrumpe, haciendo unos sonidos con sus manos, «Rap contra el sistema, rap con fundamento. Lírica de calle» el rapeo empieza, la pista y la metra no nos dejan escuchar nuestros propios pensamientos. Todas las cabezas se mueven a ritmo de Hip Hop. He llegado a mi destino, la estación General Santander, sin embargo, antes de bajarme reviso el bolsillo y encuentro doscientos pesos. Entrego, ahora sí, lo último que tenía. 

Ya en Centro Mayor atravieso el centro comercial hasta llegar a la puerta que da a la carrera veintisiete, un puente separa el centro comercial del bloque residencial, faltan quince minutos para que sean las siete. Diego levanta la mano desde el otro extremo del puente y como siempre, trae su sombrero hongo y su estuche de saxofón, y como llegamos tarde, no tenemos tiempo que perder. Él alista sus herramientas: estuche al suelo, saxo a función. El hongo a mi cabeza, yo hago parte de la ornamentación, mi función es sostener una botella de agua. Diego empieza su concierto con Fly me to the moon de Sinatra y el concierto se alarga de a poco con otras melodías de su repertorio. 

─ ¿Qué tal todo?─ Me pregunta cuando se toma un respiro

─ Bien, ya sabes, avenidas por aquí, trancones por allá. 

Diego se ríe ─ Lo de siempre─ dice.

─Lo de siempre.─







jueves, 25 de febrero de 2016

Postal Nro2: Dira Martinez Mendoza (Cumaná, Ven)




El viento y las mareas. Viento y mar picado. Mar picado como cuando estamos en guerra por dentro. Mar en calma después de la lluvia. Marea alta , marea baja, estar a nivel del mar, por debajo del nivel del mar, mar de leva. Mar de los pescadores, ellos se van a pescar a las 5 am antes del amanecer. Los barcos grandes, los barcos pequeños, los barcos anclados, los barcos navegando, los barcos abandonados con estructura oxidada. Los atardeceres son pinceladas, no recuerdo haber visto un atardecer igual a otro. Cada uno tan distinto: pinceladas color naranja, pinceladas color fuscia, pinceladas color rosa, y todas las variaciones posible de azul; pinceladas color milagro. La ciudad de Andrés Eloy y Ramos Sucre, la ciudad de María Rodriguez, la ciudad de un Mariscal, fundador de naciones y la ciudad de pescadores con la piel curtida por el sol. La ciudad de la fulía, el canto. La ciudad de los luthiers del cuatro. La ciudad que reparte carato de mango y flores en los velorios de la Cruz de Mayo. Cumaná sonora por los cuatro puntos cardinales, ciudad de acento pronunciado con remoto pasado andaluz. Ciudad de río y de mar. Río Manzanares que atraviesa la ciudad, río que se llena de flores en una época del año. 

El mar tiene sus códigos, los habitantes lo llevan por dentro, una mezcla de dulzura y hostilidad. Las mareas y la luna. Pregúntale a un pescador por la luna, ellos saben que es parte de la marea y la pesca. Ellos saben cuál es la luna para ir a pescar. 

Cumaná es el eterno tropical, palmeras en todas las esquinas, el sol que inclemente nos va curtiendo la piel y el sol que nos da vida. Cerros imponentes, la vida y lo xerófilo. Los techos rojos de las casas coloniales y los edificios nuevos. Pelícanos nos acompañan desde la niñez. 

La ciudad es pequeña o grande, hermosa o tal vez hostil, todo depende de la marea que tengamos ese día por dentro. Todos tienen el mar en su casa, puedes ir a la playa un rato y volver, queda la arena en el piso de la casa, entiendes en ese instante que tienes el mar contigo en cualquier lugar. 

Cumaná la ciudad de los amigos que se despiertan a las 5 am cuando quieren ir a correr las olas grandes de las playas que están a dos horas de distancia. Cumaná, la Primogénita del Continente, o la ciudad que se niega a morir de situaciones absurdas. Cumaná, la de los besos apasionados con pies descalzos en la arena, shorts y vida sencilla. 

Hay una lámpara que se enciende cuando aparecen los pájaros y los destellos de azul único impronunciable; el asombro frente a la belleza cotidiana es el primer síntoma de resurrección.


domingo, 21 de febrero de 2016

Postal Nro1: María Añez (Maracaibo, Ven.)



Maracaibo es una ciudad invisible enmarcada entre un bojote de palmeras y el resplandor del sol de los venados. Nunca supe por qué mi padre le llamaba así a ese crepúsculo de naranjas intensos, púrpuras y rosado chicle-bomba que me acompañó en mis primeros besos y me recibió en mis primeras amenecidas. La ciudad de la que hablo con las manos en el pecho es un recuerdo. Salgo de la cama todos los días a estrellarme contra sus fantasmas, ahogándome con el polvo de los que se fueron y de los que alguna vez fuimos. Nos veo correteando por las escaleras, sentados en las jardineras, pateando las mismas calles y sudando las pocas tristezas que nos cabían en el cuerpo. Ahí mismo donde bailábamos para despojarnos de una nostalgia heredada. Es un lugar frío porque me escondo de su luz, porque otros salen conmigo en la noche a hablar del espacio que se aleja. Hay días que su brillo no me deja tocarla, otros se compadece de mí y me acaricia suavecito los cachetes, el sol penetra mi piel y la sangre rompe en un delicado hervor. Me siento y recuerdo que sin importar cuan lejos esté, esta es la ciudad que siempre recorro en mi mente porque fue aquí donde todo pasó por primera vez.

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Maira Gall